Psicología, Interdisciplina y Psicología Sistémica (parte 2)

Como decíamos en  el post Psicología, Interdisciplina y Psicología Sistémica (parte 1), en la práctica hospitalaria es habitual la derivación al servicio de psicología por parte de un médico, generándose una demanda de tratamiento que no suele estar acompañada de una demanda de análisis.

Dice Vasallo, en el trabajo citado: “el paciente que se traslada del consultorio del médico al del analista, portando su cuerpo enfermo, cuerpo enajenado en la dimensión de un organismo, cuerpo que en muchas ocasiones da a ver o se muestra por sí mismo, forzando al analista a alojar ese cuerpo, retirando prudentemente la mirada. (…) Se trata primero de abrir la posibilidad de una demanda de tratamiento que puede después derivar en una demanda de análisis.”

En un extremo del camino, un médico que deriva; en el otro, un psicólogo que recibe, casi o directamente, sin comunicación entre ellos, excepto por una historia clínica o una nota. Y en medio una persona que no entiende muy bien qué tiene que hacer, o pará qué lo mandan de un lado a otro, como cuando le piden estudios, análisis y radiografías.

El enfoque sistémico

Esta situación en la que se plantea desde el inicio la necesidad de aparición de una demanda en el paciente, se da también en circunstancias en las que quien acude a la primer entrevista lo hace por consejo de pariente, cónyuge o amigo, quien cumple una función de señal de alarma que el paciente no registra en sí – casos de fenómenos psicosomáticos y trastornos de la pulsionalidad-), y constituyen hoy el punto de desafío y límite del que parte el psicoanálisis.

En casos de derivación o de asistencia a una primer consulta por influencia de un tercero, el paciente no sólo llega con sus resistencias y prejuicios (familiares, culturales, personales) sino también con un discurso egosintónico. Y, en los casos de trastornos de la pulsionalidad y de fenómenos psicosomáticos, en muchas ocasiones con escasa posibilidad de simbolización y representación.

Es por eso que las técnicas sistémicas resultan más que indicadas en estos casos.

Pensemos en algunas de las características de los pacientes que acceden a una primer consulta derivados por un médico (las psicólogas Isabel Eckell y  Estela Bichi los denominan “pacientes por encargo”):

–          Déficit de procesamiento simbólico

–          Déficit en el reconocimiento de la angustia señal

–          Vulnerabilidad yoica

–          Desconfianza

–          Déficit en la capacidad para reconocerse en sus conflictos

a partir de las cuales se generan principalmente dos caminos transferenciales:

–          Transferencia masiva (transtornos borderline)

–          Transferencia con dificultad para expresarse (fenómeno psicosomático)

(lógicamente, estamos esquematizando, y la singularidad y la variedad de matices es lo que sucede en la realidad)

No sucede lo mismo para la Psicología Sistémica, ya que el repertorio de intervenciones con los que trabaja tiende a lograr desde un primer momento un compromiso del paciente que permite el establecimiento del contrato terapéutico rápidamente, incluso en el caso de tratamientos individuales.

Ampliando en detalle:

La Connotación positiva, al tiempo que apunta a estabilizar homeostáticamente la tensión del sistema y evitar resistencias transferenciales, abre paradojalmente el camino para la transformación, al denotar que por la estabilidad pretendida se paga un costo muy alto. Además, comienza definiendo el contexto terapéutico, yendo directamente al conflicto evitando lo polémico, por lo cual también en este sentido se reducen las resistencias.

La Prescripción pone en juego el compromiso del paciente, su disposición y motivación, además de generar expectativas para una próxima sesión.

Ambas intervenciones contribuyen a optimizar la disposición del paciente para trabajar consigo, su sistema y subsistemas.

La Metáfora, si bien puede considerarse más un recurso que una modalidad de intervención, permite trabajar desde el inicio con la simbolización (lo cual en casos de psicosomatosis por ejemplo suele ser parte del problema) y con la participación activa del paciente, desplazando sólo en apariencia el foco de tensión y estableciendo zonas de comunicación donde se pueden compartir códigos lingüístico-culturales que facilitan la intervención, lo cual lleva a elevar su eficacia terapéutica.

Sabemos de la importancia de la escucha, el tiempo, el discurso del analista, etcétera, pero en un servicio público donde casi no existe el trabajo comunitario como estrategia de abordaje integral de la salud, con pacientes con un grado de contención simbólica muchas veces deficiente y necesidades básicas (donde incluimos las afectivas) no siempre satisfechas, ¿cuáles son las probabilidades de establecimiento de contrato terapéutico y de transferencia? En todo caso, ¿por qué no garantizarlo desde el inicio y evitar el abandono temprano?

Existe entonces la posibilidad de redoblar la apuesta (ya que en algún momento mencionamos el mazo de cartas): aplicar un enfoque transversal, “trans-corrientes”?, “trans-escuelas”, cómo podríamos nominarlo?, al interior mismo de la Psicología e invitar al psicoanalista a la intervención sistémica, aun manteniendo la escucha analítica.

Doble herejía!

Se trata de la atención de una demanda totalmente diferente a la demanda neurótica tradicional. Un tipo de demanda que en sus inicios el psicoanálisis no se animaba a abordar y que en estos tiempos es cada vez más habitual y seguramente será creciente con el correr de los años de persistir ciertas características socioculturales y materiales hoy hegemónicas.

Contextos terapéuticos que exigen compromiso y creatividad.

Y trabajo de frontera.

Vamos… ¡a nutrir de incertidumbre el conocimiento!

Se trata no ya de “la posibilidad de la cura”, sino (como sucede con las Psicosis, aunque desde diferentes causas) de la posibilidad misma de tratamiento.

Francisco Arturi

Post relacionado: Psicología, Interdisciplina y Psicología Sistémica (parte 1)

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